Hay días de lluvia que no se viven como tristeza. Se viven como una pausa. Como si el cielo bajara un poco la voz para que adentro puedas escucharte mejor. No todo lo gris tiene que doler. No toda mañana mojada viene con peso.
A veces la lluvia acompaña. No exige nada. No empuja. No apura. Solo cae. Y en esa forma simple de estar, también te deja estar a vos. Sin actuar, sin rendir, sin tener que demostrar energía cuando no la sentís.
Hay silencios que no vacían: ordenan.
Quizás por eso algunos días nublados se sienten más sinceros que los soleados. Porque no prometen alegría inmediata. No te obligan a ponerte bien. Solo te dan un clima donde podés existir más despacio, más cerca de lo que realmente te pasa.
Un día de lluvia no tiene por qué abrir un pozo. También puede abrir una calma. Una especie de refugio mínimo donde no hace falta tanto ruido, donde una taza caliente, una ventana empañada o una música baja alcanzan.
Estar en paz no siempre se siente luminoso. A veces se siente gris claro. Tranquilo. Sin euforia. Sin vacío. Como una habitación ordenada por dentro, aunque afuera el mundo siga húmedo, lento y silencioso.
Hay personas a las que la lluvia les recuerda pérdidas. Y a otras, les devuelve profundidad. Les da una textura distinta para pensar, para escribir, para quedarse quietas sin sentirse mal por eso.
No toda quietud es tristeza. A veces también es descanso del alma.
Si hoy llueve y vos no te sentís roto, no te preguntes por qué. Disfrutalo. Hay mañanas así, raras y lindas, donde el cielo está cerrado pero adentro no falta nada.
Tal vez no sea felicidad ruidosa. Tal vez no sea motivación de cartel. Pero es algo mejor que eso: una presencia serena.
Un día de lluvia sin vacíos por dentro también puede ser una buena forma de empezar.