Hay caminatas que desde afuera no parecen gran cosa. Salís, hacés unas cuadras, mirás veredas, árboles, ventanas, autos quietos. No pasa nada espectacular. Pero adentro sí pasa algo.
Porque de pronto sentís la soledad alrededor y, raro, no te pega como tristeza. Te pega como claridad. Como si el mundo hubiera bajado un cambio para que vos puedas escucharte un poco más.
No hay nadie. O casi nadie. Y sin embargo no te sentís abandonado. No te sentís corrido. No te sentís menos. Solo sentís espacio. Aire. Distancia con el ruido que durante el resto del día suele invadir todo.
Eso toca de cerca a Cuando dormís hasta tarde pero te levantás y querés seguir durmiendo, porque hay momentos en los que el cuerpo y la cabeza no necesitan más estímulo: necesitan bajar, vaciarse un poco, salir del empuje constante.
La calle vacía a veces acompaña más que mucha gente
Es raro decirlo, pero pasa. Hay tardes en las que una calle tranquila acompaña más que una reunión sin sentido. Más que una charla obligada. Más que estar rodeado de personas con las que no conectás de verdad.
Sentir la soledad no siempre significa sufrirla; a veces significa por fin tener espacio.
El vacío externo, en ciertos días, no aprieta: afloja. Te devuelve un ritmo más tuyo. Una respiración menos exigida. Una caminata simple que no tiene que demostrar nada.
Estar solo y estar mal no son lo mismo
Capaz la clave está ahí. En distinguir una cosa de la otra. Podés sentir que estás solo en una calle vacía y al mismo tiempo sentirte bastante bien con vos. Porque una cosa es la ausencia de gente y otra muy distinta es la ausencia tuya.
En esas caminatas también aparece pensamiento, memoria, alguna idea suelta. O directamente nada. Y a veces ese nada es un regalo. Un descanso real.
Entonces sí, podés salir a caminar por la tarde, no cruzarte con nadie y sentir la soledad. Pero no necesariamente sentirte solo. Porque hay tardes en las que, por suerte, vos todavía estás ahí.