Lo más desgastante no siempre es que no te quieran. A veces lo que mata de a poco es no saber qué lugar ocupás. Estar ahí, con el corazón medio puesto, medio escondido, intentando leer señales que cambian según el día, el humor, el silencio o la distancia.
Uno se despierta y no piensa “estoy enamorado”. Piensa otra cosa. Piensa: “¿qué hago con esto?”. Porque no alcanza con sentir. También hace falta claridad. Hace falta un poco de paz. Y cuando del otro lado todo parece tibio, dudoso o mezclado, la mañana arranca rara, pesada, con una tristeza que no siempre tiene nombre.
No es solo por ella. También es por uno. Porque cuando querés a alguien que vive en la duda, terminás dudando vos también. Dudás de tus ganas, de tus palabras, de tu valor, de si estás exagerando o si en verdad te están dejando a media luz. Y vivir a media luz cansa muchísimo.
Hay vínculos que no se rompen de golpe. Se desgastan en lo indefinido. En los mensajes que no llegan. En las ganas que no coinciden. En esa sensación de que podría pasar algo lindo, pero nunca termina de pasar. Y mientras tanto, vos seguís despertándote con el mismo peso en el pecho.
Capaz querer a alguien también es aceptar que no podés hacer todo solo. No podés amar por dos. No podés aclarar por dos. No podés sostener una historia si la otra persona todavía no sabe ni qué hacer con ella misma. Y eso duele, sí. Pero también enseña.
Hay mañanas que no vienen a motivarte. Vienen a mostrarte la verdad. Y la verdad a veces es simple, aunque duela: no todo lo que te mueve te hace bien. No todo lo que deseás te está cuidando. No todo lo que te ilusiona merece quedarse viviendo en tu cabeza todos los días.
Igual no sos débil por levantarte triste. Sos humano. Hay afectos que dejan eco aunque no se concreten. Hay personas que desordenan más por lo que prometen sin decirlo, que por lo que realmente hacen. Y salir de eso lleva tiempo, sobre todo cuando todavía hay ternura mezclada con incertidumbre.
Pero bueno. También llega un momento donde uno necesita volver a sí mismo. Volver a un lugar más propio. Respirar sin esperar mensajes. Desayunar sin inventar explicaciones. Empezar el día sin colgarle el alma a una respuesta ajena. No porque no importe, sino porque vos también importás.