La universidad mezcla de todo: ansiedad, ganas de crecer, gente nueva, competencia silenciosa y mucho teatro social. En ese combo, a veces no te conocen: te clasifican. Sos el callado, el raro, el agrandado, el que promete, el que no encaja, el que siempre está en otra. Y listo. Ya quedaste pegado a una idea que quizás ni te representa.
Lo jodido es que esas etiquetas no siempre vienen de mala leche. A veces salen por comodidad. La gente quiere entender rápido qué lugar ocupás para no tomarse el trabajo de conocerte de verdad. Pero que sea común no la vuelve inocente. Porque vivir bajo una mirada simplificada desgasta.
Eso toca algo parecido a lo que pasa en La gente con el chip rutinario metido en la cabeza: cuando un ambiente funciona en automático, también te lee en automático. Y si no encajás en sus categorías rápidas, te empuja a una etiqueta para no complicarse.
La peor parte llega cuando empezás a sentir que tenés que defenderte todo el tiempo. Como si tu presencia necesitara explicación. Como si para ser aceptado tuvieras que corregir la versión de vos que ya circula por ahí. Eso cansa. Y mucho.
Que te vean mal no significa que seas eso
Hay una diferencia enorme entre cómo te leen y quién sos. Parece obvio, pero en ciertos momentos no se siente así. Porque cuando escuchás la misma devolución muchas veces, o notás la misma distancia, algo de esa mirada ajena se te empieza a meter adentro.
Por eso conviene recordar que la etiqueta habla tanto del otro como de vos. Habla de sus filtros, de sus apuros, de lo que proyecta, de lo que entiende o no entiende. No siempre describe una verdad. Muchas veces solo revela un límite de quien mira.
En este punto también roza a Trabajar en momentos vacíos nos ayuda más de lo que parece, porque cuando un lugar te encasilla, a veces el crecimiento real ocurre fuera de ese ruido, en rincones más propios, menos expuestos, donde podés volver a encontrarte sin tanta interferencia.
Seguir siendo vos también es una forma de resistencia
No siempre vas a poder cambiar lo que creen de vos. Y la verdad es que tampoco deberías vivir para eso. A veces lo más sano es no entrar tanto en esa pelea y seguir construyéndote por fuera de la etiqueta.
Con el tiempo, lo único que realmente acomoda las cosas es la consistencia. No sobreactuar para agradar. No deformarte para que te entiendan rápido. Seguir siendo vos, incluso si al principio no saben dónde ponerte.
Porque sí, en la universidad muchas veces te terminan poniendo una etiqueta. Pero una etiqueta no alcanza para explicar a una persona entera.
Lo peligroso no es solo que te etiqueten. Lo peligroso es cuando empezás a mirarte con el nombre que te pusieron otros.