Hay días en los que uno no puede avanzar. No porque sea vago. No porque no tenga ganas. No porque le falte deseo. Simplemente porque no depende de uno. Y eso desespera de una manera muy particular.
Porque cuando dependés de vos, aunque cueste, hacés. Te movés. Probás. Fallás. Volvés. Pero cuando dependés del tiempo, de otra persona, de una respuesta, de una decisión ajena, aparece una sensación mucho más áspera: la de estar quieto por obligación.
Esperar sin querer esperar cansa más de lo que parece.
En esos días, el reloj molesta. La cabeza se adelanta sola. Imagina escenarios, discute con futuros posibles, arma conversaciones que todavía no ocurrieron. Y mientras tanto, la realidad sigue igual. Callada. Sin definir nada.
Lo difícil no es solamente la espera. Lo difícil es sostenerse dentro de ella sin romperse por adentro. Sin sentir que por estar quieto estás perdiendo valor. Sin confundirte y pensar que porque no podés hacer más, entonces no estás haciendo nada.
Pero esperar también es una tarea. No tiene brillo. No tiene foto linda. No tiene épica. Aun así, desgasta. Exige carácter. Exige paciencia. Exige una forma rara de coraje: quedarse entero mientras todavía no se resuelve nada.
Hay mañanas en las que lo único digno que se puede hacer es no empeorarse uno mismo. No apurarse por ansiedad. No destruirse con pensamientos. No tratarse como si fuera culpa propia algo que hoy simplemente está fuera de alcance.
A veces resistir el tiempo también es avanzar.
Quizás eso sea lo más injusto y lo más humano a la vez: entender que hay momentos en los que crecer no se parece a correr, sino a aguantar. A respirar. A no explotar. A no abandonar la fe mínima en que algo, tarde o temprano, se va a mover.
Y sí, hay días en los que solo tenés que esperar porque no te queda otra. Pero eso no te hace menos fuerte. No te hace menos valioso. No te deja afuera del camino. Solo te pone en una parte del camino que casi nadie sabe narrar bien.
Si hoy estás ahí, en esa pausa obligada, que al menos te quede esto: no todo silencio es vacío. no toda quietud es derrota. no toda espera es pérdida.
A veces la vida tarda. Y vos, mientras tanto, solo tenés que sostenerte un día más.